Apogeo y decadencia del 1º de Mayo (fragmento)

por Ángel J. Cappelletti. Caracas, 1981.

Con la domesticación de los sindicatos, ya sea por la complicidad del voto (que eleva a sus dirigentes al parlamento), ya por la implacable maquinaria del partido único y del Estado omnipotente, el 1º de Mayo comenzó a perder su significado prístino de manifestación internacionalista y clasista, de rememoración dolorida, pero combativa, del martirio de Chicago.

En algunos países, que dejaron de celebrar la fiesta del trabajo el 19 de marzo, día de San José, para trasladarla al Primero de Mayo (de acuerdo con el criterio de la clase obrera), la fecha se sigue celebrando con misas y tedéums. En otros, da lugar a desfiles marciales, bajo la paternal mirada de los nuevos amos. En otros, en fin, el 1º de Mayo es recordado en programas de radio y televisión, ocupa las columnas de la prensa burguesa y ocasiona piadosas congratulaciones en las cámaras legislativas y en las centrales patronales.

Todo esto comporta una tergiversación que podría considerarse cómica, si no tuviera mucho de trágica. Dijo muy bien el anarquista gallego Ricardo Mella: «Los años siguientes al bárbaro sacrificio (de los mártires de Chicago) se luchó valientemente; la huelga general ganó las voluntades y cada 1º de Mayo se señaló por verdaderas rebeldías populares. Los aldabonazos de la violencia repercutieron terroríficos en diversas naciones. (...) Ha pasado la época heroica. Se ha falseado el significado del 1º de Mayo. Se lo ha convertido en un día ritual, de culto, de idolatría. La liturgia socialista no sabe pasarse sin iconos, sin estandartes, sin procesiones» (R. Mella, La tragedia de Chicago, México, 1977, pág. 136).

¿Puede volver el 1º de Mayo a conquistar su sentido originario? Evidentemente no, mientras el movimiento obrero no deje de ser un apéndice de los partidos políticos o un servil instrumento del Estado, mientras no logre enfrentar de nuevo (con otros métodos, pero con el mismo espíritu de los primeros años) al avasallante capitalismo de las transnacionales y al letárgico capitalismo de Estado, que gusta disfrazarse de socialismo.

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