jueves, 5 de diciembre de 2019

Folleto: La cuestión social y otros textos de Rafael Barrett

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Rafael Barrett, compañero

Rafael Barrett es uno de los referentes revolucionarios mas importantes de habla hispana.

Su obra se encarna en la estética breve: crónicas, conferencias, informes, aguafuertes, incluso epifonemas. Esos pequeños textos constituyen una obra inmensa donde confluyen la crítica certera, la hondura filosófica con un estilo poderoso y movilizante.

Él fue parte de una generación mundial de mujeres y hombres que se dieron la tarea de revolucionar el mundo. Fue parte de ellos, no como genio individual sino como una expresión mas, tal vez de las mejores, de esa irrupción proletaria que pretendía tomar el cielo por asalto.

Leer a Barrett es como un relámpago en la selva. Conmociona, nos hace temblar y a la vez ilumina dejándonos ver lo maravilloso y cruel que nos rodea. Esto, sin embargo, no lo ha dejado exento de la desmemoria estatal y literaria.

Se pretende que sea recordado más como un gran escritor o periodista “de denuncia” que como un compañero que dio su pluma y su vida por la Revolución Social.

Al contrario de homenajes oficiales o lugares comunes queremos rescatar la vida y obra militante de Rafael Barrett y traerlo al presente para irrumpir en el orden dominante de hoy.

Él es un compañero, sus textos escritos hace mas de cien años han sido parte de la vida y lucha de varias generaciones en distintos lugares del planeta. Lo es hoy entre muchos de nosotros. Habría que preguntarse por qué nos sigue interpelando. Qué ha cambiado desde entonces. Y qué nos toca cambiar a nosotros.

En esta breve selección de textos de su vasta obra proponemos traer cuestiones que siguen siendo importantes, reflexionar sobre la memoria, la guerra, la organización, el internacionalismo proletario, la relación con la naturaleza, la violencia, en fin, queremos discutir sobre y para la revolución. Belleza y revolución van de la mano. La obra de Barrett fue, es y será la muestra viva de eso.

Rafael Barrett nació en Torrelavega, España, en 1876, vivió una intensa vida entre Europa y el Cono Sur y murió de tuberculosis en Arcachón, Francia, en 1910.



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Prólogo a las obras completas de Rafael Barrett
por Rodolfo González Pacheco

Publicado en la edición de 1946, Editorial Tupac

La vida empieza en cada uno, distinta en todos.

Como se viva después es ya cuestión de debilidad o de fuerza; de que nos venza el ambiente o lo superemos. Pero, primero, siempre, en cada hombre comienza el mundo. Por eso generalmente, los más notorios rebeldes provienen de aquellas clases, o castas, detentadoras del mando.

Y viceversa: los más brutales tiranos surgen también de las otras, sometidas y expoliadas. Miserables o admirables, en ellos reacciona el hombre contra una cruz o una gracia que no ganó, o no merece, que no es su vida.

Esto ocurrió con Barrett. Nacido de hidalgos ricos, creció con la cultura de su época, viendo crecer en el mundo el arte y la ciencia. Jugando a sabio y a artista, seguro de que la vida era eso que florecía desde los libros: imágenes y teoremas, que el descifraba o soñaba con displicencia elegante.

Todo se le dio por gracia. Hasta una belleza física que, por armoniosa y fina, era una alegría mirar. Como un triunfo de la especie.

Y así, con este bagaje de señorito o de príncipe, se echó a vivir. Y así también fue el manteo que, a su primera salida, le dieron los propios suyos, ricos e hidalgos. ¿Cómo no se enderezó vuelto un desencantado o un cínico? La vida empieza en cada uno, y la de Rafael Barrett no era la de su casta o su clase. Castigada aquella infamia, comenzó a vivir la suya.

Comenzó la vía crucis. Desde el “confort” de Madrid a todas las estrecheces del Paraguay. De ejecutante de música de Beethoven y Chopin a ejecutar miserables, que lo llenan de inmundicia, y del jubiló vital a la melancolía de “un cadáver bastante bien conservado”.

La impavidez con que el hombre tranquea este itinerario prueba su crecimiento parejo en conciencia y en coraje. Como él debieron crecer, para la anarquía otros dos hidalgos ricos: Kropotkin y Malatesta.

Barrett crece en las aventuras de ir traspasando en el tiempo los hechos y las teorías. Baraja todas las luces, golpea todas las soberbias. Es el primero que llega a las barricadas y el último en retirarse. Pero triunfante o vencido, no se suma a ningún cuadro ni adhiere a ninguna tesis. Es un francotirador que hace lo suyo y pasa.

Pasa la posición liberal y las premisas “científicas” del marxismo. “No es ciencia lo que hace falta, sino conciencia”. Pasa hasta lo que es en él más vocacional y vivo: el arte. Pasa a través de su sangre. Se traspasa.

Y no es una paradoja que este privilegiado por todo, solo pare cuando se halla entre aquellos que combaten todo lo que es privilegio. Barrett, trampeando al nacer, conoce todas las trampas. No se engaña ni aun con esos que van en las avanzadas limpiando la ruta. La ruta —¡ay!— por la que ahora ellos, arrieros nuevos, arrean el mismo viejo rebaño… tampoco será con estos que se dará la batalla definitiva y total. Y pelea, y pasa.

No ha encontrado todavía la sinceridad caliente y visionaria del hombre contra la causa de todo prejuicio y mal: el amo, el patrono, Estado o Dios. Y cuando la encuentra, al fin —y ello ocurrió en Asunción, en un sindicato obrero— Barrett para. Para entre los anarquistas… Un año ante de morir.

Barrett, de donde quiera que llegue, regresa al hombre. Bakunin, de donde quiera que parta, llega a la revolución.

Notable: el ruso, por concreto y poderoso, y pese a su Hegel, parece un español clásico; y al revés del español que, por subjetivo y cósmico, y pese a su formación francesa, parece un clásico eslavo.

Y los dos son anarquistas. Los contrapongo porque, para mí, son ejemplares. Pienso en lo que nos dijeron con más fervor o más fuerza, —Bakunin: “Destruir es crear”; Barrett: “La vida es ternura”— y veo en ellos las dos manos de la anarquía: la que voltea martillazos, ceñida y crispada siempre, y la que siempre estuvo abierta, hasta cuando se le crispa; como para que la claven.

Y no he querido decir que Barrett fuera un cristiano.

Ninguna rebelión nuestra le arrodilló la conciencia. Pero parecía llegado para explicarnos. Hablaba último, porque sabía lo primero: la causa que mueve nuestras audacias. Y, finamente y sin prisa, decía cosas que desgarraban la carne o abrían abismos, para el burgués tan hondos, como eran altos y perentorios los gritos de Bakunin.

Y de todas partes se volvía al hombre. Pero no al hombre “social”, desvanecido en la masa, marea o plataforma; no.

Al hombre en profundidad; al hombre, en cuyas entrañas oye él no sé qué murmurios de alas o germinación de ensueños soterrados. Cuanto a más claras distancias rebota su genio elástico, con más emoción regresa hacia esas turbias regiones. Al hombre.

Su anarquismo es fe en el hombre; fe en sí mismo; fe en el viejo barro humano. Ahí sustancia su destino con el nuestro. Plantado ahí, como anarquista, es cuando logra también, como escritor, sus más noble pensamientos. Aquellos en que agoniza y resurrecciona: tiernos, elementales y fluido, como semillas que germinan deshaciéndose.

Barrett, esencial, es ese. Lo demás, su ciencia y su arte, son su linterna y su hierro de profundizar al hombre. Seguro que no penetro esas zonas por revelaciones o éxtasis; como un iluminado o un taumaturgo; pero eso no es lo esencial. Vertebra sus emociones como teoremas; pone, diría en física su metafísica; es único aquí, en América y entre nosotros, solo se le aparea Landauer, otro místico. Pero ni éste ni él, nada de eso es lo esencial.

Ya sería sospechoso que eso fuera, justamente, lo que más le valorizan todos los folicularios. Tienen también “su” Barrett. Un Barrett de epigrafías nihilistas; para entre casa o para intelectuales. Torpes.
No comprenden que eso no pudo escribirlo él con vistas a la vida, sino con vista a ellos. Lo esencial es su anarquismo. Tocó nuestras pobres raíces, comprobó el fango en que se hunden, y subió para decirnos que un ser, que tan dolorosamente busca la luz, es sagrado. Como Bakunin, su opuesto: tranqueó nuestra triste historia, metió la garra hasta el pecho en los conflictos sociales, y llegó para gritarnos que entre tanta vileza late el corazón del pueblo esperanzado y rebelde. Y exangüe el uno y poderoso el otro, se unieron en la esencial: en la libertad del hombre.

A un anarquista —obrero o sabio, escritor de marca o descalificado de toda gestión burguesa— solo puede comprenderlo otro anarquista. No en su anarquismo, que es igual siempre, y en todos, la negación del gobierno; sino en lo que esa milicia es la expresión de su sangre, su fruto o su espina, indiferible y fatal. Y no es ponerlo en difícil. Es decir que lo entrañable tiene que ser comprendido con las entrañas.

Con ideas solo pueden comprenderse otras ideas. Y las de Barrett son fáciles; lo mismo en sus narraciones que en sus ensayos; trasiegue vientos helados o se recobre en su fe encendida. Escribe para usted o yo que, ante todo hecho o problema, nos tiramos a los saldos; al zumo o a la suma. Y el prodigio de su síntesis es que así el asunto gana en profundidad y distancia, como si echara otras raíces y se proyectara en nuevos presentimientos. Ese fue su arte.

Y su filosofía fue su sinceridad. Es el hombre que confiesa cuanto surge o se derrumba en su firmamento interno. Esto da a su pensamiento un temblor de angustia o gozo, lo terrible o lo inefable que desvanece a la vida. No podía ser un retórico ni un “magister”. Esos secretos se entregan desnudos y a los hermanos.

Sobre estas fases de su obra no hay desacuerdos. Y, de haberlos, tampoco serían mortales. Nos entenderíamos siempre cambiando ideas. Las desavenencias montan —y en mi hasta contra los muertos— cuando se nos alecciona sobre su origen: del anarquista y su anarquismo.

Maetzú habla de Barrett. Y lo que se saca en limpio es que hay que darle las gracias al marqués de tal o cual; o hacerle duque, pues sin sucia calumnia, su calumniado no hubiera llegado a ser “una figura de América”. “Seguro estoy”, dice. Y es una seguridad pueril y absurda.

Barrett llegó a lo que fue porque era de otra extracción que la de sus pergaminos. Y porque la dignidad no es un modo de decir. Existe, y da seres de estos que sienten que no se puede ser digno sin honrar antes en uno, primero que en nadie, al hombre. Deshonrando, claro está, en uno, también primero, cuanto sea privilegio: los títulos o los duros.

Despreciándolos, tirándolos. (“Grave error” gime Maetzú. Pero no es su expresión fiel. Debió gemir: “Yo no comprendo ese horror”). Fue lo que hizo el señorito. Ya limpias su alma y sus manos, el látigo vino solo; se le floreció en el puño. Y azotó al calumniador.

Y si digo que me parece un eslavo es que lo veo arrebatado por la misma fuerza cósmica que alza de su lecho a Tolstoi y lo lanza, moribundo, al encuentro con su dios. Pero su dios es el hombre. El hombre, tras cuyos rastros, —rastros de sangre en el barro— se habría lanzado igual desde una picota que desde un trono.

Hay libros para la noche, para el día y para el alba: los que os encierran con ellos, a meditar; los que se van con nosotros a todo trabajo o lucha, y aquellos que os recuperan de cualquiera paz o guerra, y os ponen sobre el umbral, a esperar la aurora. Estos son, para mí, los de Barrett. Los leo ahora y, como antes, me transmiten las albricias de otro mundo que amanece. Y en mi corazón se empina un canto madrugador.

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